sábado, 25 de diciembre de 2010

El Pastor

Él era un muchacho joven que se dedicaba a cuidar el rebaño de ovejas de la familia. En ocasiones lo hacía con su hermano y en ocasiones solo. Dedicaba la mayor parte de su vida a dicha actividad. Él amaba a su familia y hacía lo que podía por ayudar, pero eso jamás evitó que se llevara una ocasional paliza de parte de su papá, que lo golpeaba en desesperación por los problemas de la vida cotidiana.
Una noche, mientras observaba el rebaño junto con su hermano, tratando de no caer en el sueño, vieron una figura resplandeciente emerger en frente de ellos. Era la persona más bella que habían visto. El muchacho no sabía si tener miedo o sentir gozo, si enamorarse o no (para empezar no estaba seguro del sexo de la persona; parecía ser una mujer pero al mismo tiempo era un hombre, pero eso no le quitaba su belleza). La persona les dijo que se dirigieran a una posada cercana del lugar, pues, según lo que el muchacho comprendió, estaba por nacer un revolucionario que cambiaría sus vidas y traería balance y eliminaría toda injustica para siempre.
Después de pensarlo por unos momentos, el muchacho convenció a su hermano de ir, pues éste no veía cómo un bebé podría enderezar el camino que había tomado la humanidad desde su inicio. Lo encontraron recostado sobre un pesebre, tan humilde como ellos mismos. Lo adoraron y contemplaron.
Cuando regresaron con el rebaño, su padre les llamó la atención, los insultó y los golpeó como nunca antes. Todo esto lo merecían, según les decía su padre. Mientras más intentaba el muchacho de explicarle lo sucedido, más lo golpeaba.
El muchacho siguió siendo golpeado por su padre en ocasiones, pero cumplía con su trabajo en la mayoría de las veces. Los años pasaron y el muchacho creció, tuvo hijos y sufrió lo que su padre había sufrido años antes y lo empezaba a comprender.
Escuchó rumores de un hombre que viajaba por todos los pueblos, curando enfermedades y haciendo manifestaciones sobrenaturales. Era un hombre que cortaba la mala hierba para que los sembradíos se vieran mejor. Sin embargo, jamás la arrancaba desde la raíz, por lo que la hierba volvía a salir. Las injusticias seguían siendo una realidad. El poder seguía en manos de unos cuántos. Los pobres seguían siendo mayoría. Su sufrimiento seguía presentándose a diario. El sistema jamás cambió, y jamás lo hará.
Escuchó también que este hombre murió y volvió a la vida, pero jamás le dio importancia a estas historias. Su revolucionario nunca llegó. Él murió y el cambio nunca llegó.

1 comentario:

Carlos Cedillo Santamaría dijo...

Esta historia me hace llorar.